Manipulación y Dependencia

Post escrito por Hermínia Gomà en febrero 28, 2011
Categorías del post: General,VALORES Y COMPETENCIAS

 

MANIPULACIÓN Y DEPENDENCIA

 

¿Eres una persona manipuladora? ¿Eres dependiente? ¿Te dejas manipular? La manipulación es una forma de control sobre los demás que utilizamos desde una posición de poder. Es una forma de agresividad que empleamos para conseguir que los demás hagan cosas que no quieren hacer y que sólo nos benefician a nosotros. La manipulación nos conecta con el paradigma de la dependencia.

Como dicen  Cloud y Townsend en su libro Límites: “Los manipuladores buscan persuadir a las personas para que traspasen sus limites. Les porfían hasta que acceden. Con insinuaciones, manipulan las circunstancias para salirse con la suya. Seducen a otros para que lleven sus cargas. Utilizan mensajes cargados de culpa”.

La manipulación a menudo nace del miedo o de la frustración. Cuando la persona no puede regular esas emociones depende de otras para gestionarlas, se coloca en el paradigma de la dependencia. Cuando estamos en ese paradigma no asumimos la responsabilidad de nuestros sentimientos, de nuestras decisiones. En este paradigma hacemos culpables a los demás de nuestro malestar. Cuando estamos en el paradigma de la dependencia al no tener control sobre nosotros mismos, ejercemos el control sobre los demás.

A continuación me gustaría que reflexionáramos sobre algunas formas bastante habituales de manipular:

  • Cuando yo siento que tú me aventajas en alguna área, tomo el control de la conversación y presumo de mis éxitos. Quiero que los demás me admiren y sientan envidia. Quiero sentirme superior a los demás. Quiero que los demás vean que valgo porque “soy más” que ellos.
  • Estoy al acecho de las equivocaciones de los demás. Cuando cometen un error estoy presto a la crítica. Quiero humillarlos por su incompetencia. Necesito demostrar que yo lo puedo hacer mejor. Solamente puedo demostrar lo que “yo se” en función de demostrar que “tu no sabes”.
  • Soy un gruñón. Me gusta que me presten atención. Cuando alguien viene solícito a preguntarme qué me pasa, desprecio su ayuda. Quiero que siga pendiente de mí, que le inquiete mi malhumor y se cuestione de que manera es responsable de mi estado de ánimos.
  • Me muestro débil, inferior. Me muestro muy modesto. Doy una imagen distorsionada de mí porque quiero ser aceptado, ansío recibir cumplidos.
  • Siempre me están ocurriendo desgracias. Cuando no es una cosa es otra. Dejo que me vean desvalido, que me cuiden. Me pongo en sus manos.
  • No digo lo que siento. Espero que los demás lo adivinen. Cuando no lo adivinan les acuso de no amarme. Si me amaran lo sabrían.
  • No se. Quiero que me digan lo que tengo que hacer. Así, cuando salga mal podré decir que la culpa es suya, que yo, sólo hacía lo que me habían dicho.
  • Me victimizo para culparte. Con lo que me he llegado a sacrificar y así me lo pagas…
  • Te digo que yo me encargo. Lo controlo todo. Nadie lo hace como yo. Así me puedo quejar de que nadie me ayuda y de que eres un egoísta y vas a la tuya.
  • El chantaje. Si no cambias…me voy a separar. Si no me das, se lo voy a decir…Si no haces lo que quiero te castigaré…

Es probable que nos reconozcamos en alguna de estas situaciones. O que  reconozcamos en ellas a alguien muy cercano a nosotros.

La manipulación está vinculada al género humano desde sus inicios.  El Génesis, primer texto de la Biblia, nos narra como Adán y Eva vivían felices en el Jardín del Edén, desnudos y sin sentir vergüenza alguna. La serpiente manipuló a Eva para que comiera la manzana del árbol de la ciencia del bien y del mal, del que no podían coger sus frutos. Eva le dio de comer a Adán. Al comer de la manzana sintieron vergüenza y se taparon con hojas de higuera. Sintieron malestar y se escondieron pero fueron juzgados y expulsados del Paraíso. Como Adán y Eva, podemos ser manipulados. Y con la manipulación viene la vergüenza y la culpa, nos escondemos de nosotros mismos y nos juzgamos. Del mismo modo, podemos ser la serpiente para otros, aprovechándonos de sus miedos para lograr nuestros fines. ¿Cómo te sientes cuando descubres que te han manipulado? ¿Cómo te sientes cuando comprendes que has manipulado?

Para mí, la manipulación es una manera incompetente de relacionarnos con los demás. Cuando no reconocemos nuestras emociones podemos incurrir en la manipulación de los demás para eludir nuestra responsabilidad. La manipulación, junto con la amenaza y el castigo son formas de ejercer el control y lograr nuestros fines. Tiene que ver con nuestro desarrollo emocional. Cuando manipulamos nos colocamos en el paradigma de la dependencia en el que no podemos asumir la responsabilidad de nuestras emociones, sentimientos y decisiones. Traspasamos esta responsabilidad de nuestras vidas a los demás. Cuando maduramos emocionalmente nos colocamos en el paradigma de la independencia en el que asumimos nuestras decisiones, nuestros sentimientos y lideramos nuestra vida. No necesitamos cambiar a los demás, ni influir en sus conductas para lograr nuestro bienestar.

Cuando estamos en el paradigma de la independencia podemos relacionarnos con los demás en un plano de igualdad, ya que ni hacemos responsable al otro de nuestras emociones, ni nos hacemos responsables de la regulación emocional de los demás.

Para que podamos hablar de manipulación es necesario que la relación sea asimétrica, lo que significa que las dos personas no están en un plano de igualdad. Una tiene poder sobre la otra. La finalidad es “para que yo gane tu has de perder”. No es una relación que pretenda que las dos personas ganen. Una se aprovecha de la otra para conseguir lo que desea. La manipulación pretende conseguir convencer al otro de que ha de hacer lo que decimos conectando con sus miedos, culpas o vergüenza para lograr el propio beneficio sin tener en cuenta las necesidades de los demás.

No es fácil tomar consciencia de nuestras manipulaciones y no siempre somos conscientes de cuando nos manipulan. La manipulación es una forma de dominio sobre el otro. Como no me puedo dominar a mi mismo, domino a los demás.

Pongamos un ejemplo cotidiano. Nuestro hijo, un joven estupendo nos comunica ilusionado que con unos amigos están preparando un viaje. En las noticias he oído que ese país está sufriendo distintos altercados y no me hace ninguna gracia que mi hijo vaya allí. Le informo de la situación y le aviso del peligro. Mi hijo me tranquiliza diciendo que irá con cuidado. Cada día estoy atento a las noticias y voy recogiendo informaciones alarmantes. Cada vez me da más miedo. Le pido a mi hijo con voz acongojada que me da mucho miedo, pero que es él, quien tiene que decidir. Mi hijo asiente y me confirma que realizarán el viaje. Mi ansiedad aumenta, no puedo controlarla y finalmente decido hablar con mi hijo: Te pido que por favor no vayas de viaje, tengo mucho miedo de que te pase algo y mientras estés fuera lo pasaré fatal. Por favor, te lo pido por mí, no vayas. Al día siguiente viene mi hijo y me anuncia: No voy a ir de viaje, pero que sepas que lo hago por ti, porque te quiero. El padre ha logrado lo que quería. Está tranquilo, agradecido y satisfecho. El hijo tiene sentimientos un tanto ambivalentes, por un lado se siente bien porque ha salvado a su padre, por el otro se siente mal porque no ha podido hacer lo que realmente quería.

Algunas personas dirán que es responsabilidad de los padres advertir a sus hijos ante el peligro y tendrán razón, nuestro deber es asesorarles. Pero llega un momento que nuestros hijos han de tomar sus propias decisiones, han de probarse a sí mismos. Han de confiar en sus recursos y competencias. Hemos de permitir que vuelen a pesar de que sintamos temor e inquietud, confiar en que sabrán resolver los problemas que la vida les irá presentando. Una de nuestras responsabilidades como padres es que aprendan a resolver sus problemas por si mismos. Pero conectamos con nuestros miedos y les ofrecemos un amor-miedoso que en lugar de darles confianza les hace conectar con sus propios miedos. El amor-confiado les ayuda a madurar y ser independientes. El amor-miedoso les hace dependientes. Muchas veces no podemos reconocer nuestros miedos y creemos que realmente están en peligro, cuando realmente el peligro para su desarrollo somos nosotros, que les estamos impidiendo experimentar, equivocarse, en definitiva, aprender a vivir.

Analicemos este ejemplo que he comentado.

En primer lugar tenemos un padre sobreprotector que quería evitar a su hijo problemas innecesarios.  El padre quería que su hijo cambiara su decisión, de esta manera, ni él sufriría ni su hijo estaría en peligro. Al inicio creía que su hijo le escucharía, le daría la razón y así, todos saldrían ganando, a su hijo no le pasaría nada y el estaría tranquilo. Pero el padre no consigue que su hijo sea “razonable” y el sentimiento de frustración e impotencia le lleva a la manipulación. Probablemente no quería manipular de manera consciente a su hijo, pero su miedo se interpone y toma el poder. Su necesidad de protegerse es prioritaria. Cuando de “buenas maneras” no lo consigue, algo se dispara en su interior y le manipula ¿Cómo?. Por un lado apela a su consciencia, enviando un mensaje cargado de culpabilidad: ¿serás capaz de priorizar tu deseo a mi bienestar? ¿Tan desconsiderado eres? ¿Tan egoísta? ¿Tan poco me quieres? No lo dice abiertamente. De eso se trata la manipulación: conseguir que el otro decida lo que nosotros queremos, generando malestar en el otro si no lo hace. Cuando manipulamos usamos palabras que pueden tener múltiples significados, entonaciones que sugieran, miradas y gestos altamente condenatorios, dejando que sea el otro el que pueda interpretar incorrectamente lo que se ha dicho, de esta manera siempre podremos decir posteriormente que no era exactamente eso lo que queríamos transmitir.

En segundo lugar tenemos un padre dependiente que no asume la regulación de sus propias emociones. Sin darse cuenta, el padre le está diciendo a su hijo: hazte cargo de mi miedo, asume tú la responsabilidad de mis sentimientos, yo soy impotente. El padre está dolorosamente instalado en el paradigma del tú, en el sentido de que: por tu culpa estaré mal. En lugar de regular su propio miedo el padre cambia los roles: por favor, haz de padre protector. Depende de su hijo para protegerse, no puede por si solo y delega esta responsabilidad en el hijo. Ha desplazado su responsabilidad. Cuando el padre es independiente puede identificar sus propios miedos. Al reconocerlos puede decidir de manera consciente como los va a regular. Puede ponerse en el lugar de su hijo y confiar en él. Podrá expresarle su malestar pero sin condicionarlo ni manipularlo.

¿En qué situaciones pedimos a los demás que cambien para que nosotros estemos mejor? ¿Depositamos en el otro la responsabilidad de nuestro malestar?

En tercer lugar tenemos un hijo que se enfrenta a un conflicto. Si hace lo que realmente querría, será un egoísta, pero si no lo hace lamentará la oportunidad perdida. Depende del amor y aprobación de su padre para estar bien consigo mismo. El miedo a causar sufrimiento a su padre le genera ansiedad. Para regular su ansiedad decide evitar el conflicto interno y además representar el papel de salvador: lo hago por ti (ya que tú no puedes). Parece que decide desde el amor, pero está decidiendo desde el miedo a herir a su padre y sin elaborar el sentimiento de renuncia que comporta dicha decisión.

¿Cuántas veces con tal de evitar un conflicto, por no lastimar o por no romper el vínculo con el otro preferimos anular nuestras necesidades y satisfacer las ajenas?

En cuarto lugar, tenemos un hijo que hace responsable a su padre de la decisión que ha tomado. Incapaz también de relacionarse con su padre desde el paradigma del yo: yo decido consciente y libremente hacer mi viaje, comprendo que tengas miedo de que me pase algo. Se que me quieres y que quieres protegerme. Entiendo tu malestar pero no quiero hacerme responsable de cómo tu decidas vivir esta situación. Decir esto colocaría al hijo en el paradigma del yo. En cambio, reacciona desde el paradigma de la dependencia: que sepas que lo hago por ti. Esta respuesta en parte nace de la empatía (no quiero que sufra), pero también nace del miedo a defraudar a su padre, para remitir su ansiedad necesita que su padre tenga buena opinión de él. Esta decisión conlleva un cierto resentimiento: no me estás dando independencia, me siento obligado. En el fondo se victimiza.

Entre los dos se ha establecido una relación de dependencia, un circulo que se retroalimenta. Es un juego de sumisión y poder que se ejecuta desde una creencia que no explica toda la realidad. En el caso de nuestro ejemplo, el padre: por ser el progenitor quiero que mi hijo obedezca, sin tener en cuenta que hay otras creencias que también se deben tener en cuenta: por ser joven quiero vivir nuevas experiencias.

Si la relación fuera de interdependencia, es decir, una relación donde los dos se pudieran relacionar desde su independencia, cada uno se haría cargo de si mismo y no traspasaría la responsabilidad de su bienestar al otro. Ninguno de los dos pretendería estar bien a costa de culpabilizar al otro. Tendrían en cuenta las necesidades del otro sin olvidar las propias.

Para lograr esta independencia y por tanto dejar de manipular, es importante que nos conozcamos, que reforcemos nuestra autoestima, que dejemos de depender de las opiniones de los demás y que aceptemos que en cada decisión que tomamos renunciamos a todas las demás opciones.

Dejamos de manipular cuando comprendemos que no salvamos a nadie ni hemos de ser salvados por nadie. Dejamos de manipular cuando aprendemos a llegar a acuerdos en que ambos ganamos. Dejamos de manipular cuando podemos considerar las necesidades de los demás y las nuestras en el mismo plano. Cuando podemos hacernos cargo de nuestras emociones, de nuestras decisiones, de nuestra vida.

Hermínia Gomà

27 de febrero 2011