Reflexiones para mejorar los procesos de coaching y nuestra praxis como Coachs

Post escrito por Hermínia Gomà en julio 24, 2011
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Reflexiones para mejorar los procesos de Coaching y nuestra praxis como Coachs

Hoy me gustaría reflexionar sobre ciertas cuestiones que pueden frenar el cambio de nuestros clientes y están relacionadas con nuestra praxis profesional. Es un apunte y vuestros comentarios y aportaciones nos enriquecerán, os animo a participar y generar debate para que podamos seguir aprendiendo juntos.

Es fundamental que el Coach sepa generar un contexto de confianza que permita contrarrestar los miedos de los clientes a lo largo del proceso. Nuestro grado de empatía y sintonía generará la confianza que el cliente precisa para abrirse, reconocer, aceptar y expresar sus frustraciones y miedos, sus dudas y su desconcierto. Estar atentos a nuestra actitud hacia el cliente y su proceso determinará en parte el éxito de la sesión.

Realizando supervisión de Coachs en prácticas, he observado en algunos casos que a pesar de que su metodología no era muy ortodoxa ni sus feedbacks demasiado precisos, a pesar de ello, habían sabido crear con su actitud el clima de confianza que el cliente necesitaba para darse el permiso de abrirse y afrontar sus miedos y sus creencias limitadoras y así dar los primeros pasos hacia el cambio. Si como Coachs no sabemos crear un vínculo de confianza con nuestro cliente, por poderosas que sean nuestras preguntas y atinados nuestros feedbacks, el cliente no podrá abrirse.

Cuando el Coach es respetuoso y no juzga (ni con su lenguaje verbal, ni con el no verbal) a su cliente, cuando crea una buena conexión, el proceso avanza.  Cuando el cliente se siente respetado y acogido por su Coach, cuando siente que no le están forzando a ir a ningún otro sitio que no sea al que realmente quiere ir y al ritmo que decida, la posibilidad del cambio es mayor, ya que su autoestima se ve reforzada por la actitud del Coach. Su autoestima no se siente menoscabada al no sentirse juzgado (algunos ya se juzgan a sí mismos en demasía) y puede abrirse y compartir sus sentimientos y emociones más profundas.

En cambio, si el cliente nota que el Coach no está de acuerdo y se siente juzgado es muy probable que no se implique en el proceso ni se comprometa, por tanto no se producirá el cambio deseado. Como Coachs no podemos forzar a nuestros clientes a abrirse, son ellos los que gracias al vínculo de confianza que hemos creado tomarán conciencia de que pueden elegir hacerlo. No podemos llevar los clientes a “nuestra casa”, ni “cargarlos sobre nuestras espaldas” para ir más rápidos a no se sabe donde. El cliente quiere ir a su propia casa, con sus propios recursos y a su ritmo. Es fundamental que creamos en nuestros clientes y en que pueden llegar a su casa y sabrán reconocerla cuando lleguen. No se trata de que el Coach empuje al cliente a salir de su zona de confort para que aprenda y se comprometa con el proceso de cambio. Se trata de acompañarlo en su proceso de descubrimiento y cambio.

He observado que cuando un Coach presiona a su cliente (a veces desde un rol “salvador” y el cliente no quiere ser salvado, quiere salvarse a si mismo) lo que acaba logrando es que el cliente abandone su compromiso con el proceso; sin querer el Coach estará boicoteando el cambio de su cliente (aquello que se resiste persiste). A pesar de que la melodía “creer en el potencial de nuestro cliente” la conocemos, no siempre la hemos integrado totalmente. Parar y cuestionar humildemente nuestro rol será de gran ayuda para acompañar efectivamente a nuestro cliente, en lugar de empujarlo o arrastrarlo (no va a dejarse… afortunadamente) o pensar que en verdad no quiere cambiar. Si que quiere cambiar, pero en la dirección que le lleve a su casa. ¿Realmente mi cliente no quiere cambiar o lo estoy forzando a ir a “mi casa”? ¿Estoy dirigiéndole porque veo clarísimo lo que le conviene? ¿De qué tengo miedo? ¿Qué estoy tratando de imponer o “vender”?

Una de las maneras más comunes de forzar al cliente es dando nuestra valoración u opinión insistentemente sobre lo que hace o siente (sobre todo en aquellos clientes que creen que no tienen derecho a expresarla o tenerla). Nuestra función no es aconsejar ni opinar, es ser un espejo y devolver nuestras observaciones y feedbacks lo más objetivamente posible sin incluir nuestra opinión. Es el cliente quien tomará conciencia y evaluará la información que le damos, quien decidirá abrir su  mente y corazón para conectar con su verdadera esencia. Por ejemplo, si le decimos al cliente: “he observado que a lo largo de la conversación varias veces has pedido mi opinión”, a continuación podemos preguntar: ¿Te sirve de alguna manera dicha observación?  ¿Tiene algún significado para ti? ¿Qué estás sintiendo en este momento? ¿Qué relación tiene con el problema que has planteado? ¿De qué manera esta observación puede ayudarte a tomar conciencia de tu manera de percibirte a ti mismo?…

A lo largo del proceso de Coaching el cliente puede llegar a identificar correctamente la utilidad y los beneficios de sus creencias e interpretaciones de la realidad. Si la evaluación que realiza de dicha creencia le hace conciente de las limitaciones que implica, de cómo frena sus avances, podrá pasar a la acción y obtener los resultados que desea. Esta consideración intelectual del proceso de cambio es propia de la psicología cognitiva y se acerca a lo que en psicoanálisis se denomina insight.

Para que el cliente pueda cambiar sus creencias limitadoras deberá afrontar los miedos concomitantes a dicha situación y también los miedos a la acción que devendrá de dicho cambio de creencia. ¿Qué cambios deberé realizar en mi vida si afronto estas creencias limitadoras? ¿En qué medida la ejecución de estos cambios afectará mi vida? ¿En qué medida los vivo como una amenaza?

Por otro lado, es fundamental que tengamos presente, como Coachs, que nuestros clientes están inmersos en un contexto interpersonal en el cual se está desarrollando la creencia que les limita. Profundizar en las repercusiones que estos cambios tendrán en sus interacciones personales facilitará la toma de conciencia de los miedos adyacentes y su reticencia a efectuar los cambios que necesitan (a pesar de haberlos identificado) para lograr sus metas y desarrollar todo su norme potencial. ¿De qué manera estos cambios afectarán tu vida? ¿Qué beneficios aportará a tu entorno personal y profesional? ¿En qué medida este cambio repercutirá en tus relaciones? ¿Qué opiniones externas influyen en tu decisión? ¿Quién crees que podría verse perjudicado con este cambio? ¿De qué manera este cambio te acercaría o alejaría de esas personas? ¿Qué otros cambios personales serían necesarios para lograr equilibrar la balanza?

Como Coachs podemos llegar a focalizar tanto nuestra atención en los cambios internos del cliente que nos olvidemos de las repercusiones que estos cambios implicarán en sus relaciones significativas. El cliente es conciente de su necesidad de cambio y a pesar de que en ese momento esté altamente motivado, si no hemos profundizado en como afectará a sus interacciones puede ser que finalmente no realice ese cambio que quiere hacer. Facilitará el resultado que en el proceso el cliente reflexione sobre ello y tome conciencia de las implicaciones que el cambio tendrá en la interacción con personas significativas para él. Por ejemplo, si el cliente cree que su crecimiento personal o profesional puede alejarlo de su pareja, o esté marcando una distancia infranqueable con su organización, inconcientemente puede llegar a frenar su desarrollo por miedo a perjudicar su relación de pareja o perder su trabajo.

El Coaching es un proceso de cambio y desarrollo vinculado a los valores. Por este motivo el avance o no del proceso puede verse influido por un conflicto de valores entre el Coach y su cliente. Es importante que el Coach reconozca sus valores y que éstos no interfieran ni le lleven a emitir juicios, comentarios o expresiones verbales o no verbales ante su cliente que impliquen desvalorización, desaprobación o desacuerdo.

Un factor crucial para que no frenemos el cambio de nuestros clientes es la consonancia entre el sistema de nuestros valores implícitos y los valores implícitos de los clientes. Para el cliente es fundamental que su Coach entienda y respete la manera en que ve el mundo. Por ejemplo, aquel cliente que tiene como objetivo “dejar de fumar”. Probablemente el cliente se encuentre en un dilema, y a pesar de su compromiso activo en el proceso de cambio se acerque a él de manera ambivalente “quiere dejar de fumar” pero también “no quiere dejar de fumar” ¿que valores están en juego por parte del cliente? Libertad, autenticidad… “cree que es un riesgo que puede asumir” “sin ciertos riesgos la vida dejaría de ser interesante y placentera” “no voy a ser perfecto” “creo que la prohibición de fumar en lugares públicos es intrusiva y coarta mi libertad”…¿Con qué valores conecta el Coach?  Coherencia, disciplina, “la mayoría de la gente está de acuerdo en los peligros del tabaco pesan más que los beneficios de fumar”, “es evidente que repercute en la salud”… y posicionarse con unos presupuestos que le impidan captar el dilema de su cliente y escuchar los valores y lo que está priorizando en esos momentos de su vida. Si no somos capaces de conectar con los valores del cliente y presuponemos que han de ser los mismos que los nuestros, romperemos el vínculo de confianza y comprensión. Parar y reflexionar con humildad en cómo nuestros valores están interfiriendo en el proceso será un punto de inflexión que cambiará nuestra relación y posibilitaremos que el cliente llegue por si mismo al núcleo de su verdad (no de la nuestra).

Nuestra expresividad puede ser otro aspecto que nos invite a reflexionar. Cuando nuestras creencias irrumpen en la conversación podemos, inconcientemente, dar indicios a nuestros clientes de que les desaprobamos o estamos juzgando. Estas señales no verbales son inconcientes y es importante que el Coach pueda aprovecharse de procesos de supervisión que le permitan ser conciente de sus propios conflictos o perjuicios. Dichos perjuicios pueden frenar el cambio de su cliente. Pero afortunadamente, cuando estamos realmente conectados con nuestros clientes, permanecemos atentos a las sutilezas de nuestra comunicación.

Muchos autores han estudiado el proceso de cambio de las personas. Prochska, J.O y Prochska, J.M en su publicación ¿Por qué no se mueven los continentes? ¿Por qué no cambian las personas? (1999), estudian empíricamente la secuencia temporal del cambio. Su enfoque es útil especialmente para aquellos procesos en los que el cliente tiene problemas concretos y definidos claramente. Según estos autores cabe destacar la diversidad de procesos que se combinan para la consecución de un cambio exitoso, ya que lo que en un momento puede haber funcionado puede no ser oportuno en otra etapa del proceso. Podemos aplicar el mismo método con el mismo cliente en diferentes etapas del proceso y habernos funcionado en algunos casos y en otros no. Por eso revisar la idoneidad del método con el que estamos interviniendo será la clave para el éxito del proceso de cambio. Incluso puede suceder que el cliente a lo largo del proceso esté abordando diferentes cuestiones (ámbito competencial, autoconocimiento, interacciones, etc.) y esto puede implicar que se halle en diferentes estadios de madurez o toma de conciencia en función del nivel en el que se encuentre respecto a esa cuestión.

Según Davis, D y Holloon, S.D. en su artículo publicado en 1999, en el Journal of Psychotherapy Integration: “lo que impide a algunas personas dar los pasos apropiados para lograr su objetivo está vinculado a un razonable deseo de evitar alguna consecuencia”. ¿A quién puede perjudicar mi cambio? ¿Qué consecuencias positivas o negativas pueden producirse? ¿Qué otras necesidades que considero prioritarias pueden verse amenazadas? ¿Qué consecuencias evitaré si no realizo el cambio?. Podemos ser muy concientes de la necesidad y motivación para el cambio y prestar poca atención a los peligros que puede representar para él pasar a la acción, que son lo que finalmente repercutirá en frustración, desengaño y baja autoestima. Indagar en las consecuencias puede ser determinante para el proceso.

Y por último sería interesante reflexionar sobre ¿cómo nos afecta que nuestro cliente tenga dificultades para hacer los cambios que quiere realizar? ¿Sentimos miedo, frustración, impaciencia, impotencia, necesidad de ayudarle..? Ser concientes de las emociones y sentimientos que esta realidad nos genera puede ser una gran oportunidad para mejorar nuestro autoconocimiento y nuestra comprensión. Desde esta reflexión podemos mejorar el vínculo con nuestros clientes, aumentar nuestro autoconocimiento y realizar procesos más humanos, concientes, efectivos y respetuosos.

Seguiremos reflexionando sobre este y otros temas…

Hermínia Gomà

24 julio 2011