El conocimiento de la naturaleza humana: DISCERNIR (II)

Post escrito por Hermínia Gomà en febrero 10, 2013
Categorías del post: General

(II) El conocimiento de la Naturalza Humana:
DISCERNIR

Discernimiento y honestidad

Hace semanas inicié un tema, el conocimiento de la naturaleza humana, con un primer verbo: profundizar. El propósito del artículo de esta semana es seguir avanzando en este conocimiento y lo haremos con otro verbo: DISCERNIR. Un verbo que invita a la reflexión e introspección. El sábado, en una sesión de Coaching grupal, en el marco del Master Universitario, Desarrollo Personal y Liderazgo,  que dirigen Gonzalo Bernardos y Borja Vilaseca, en el que tengo el honor y el placer de participar, surgió de nuevo este tema. Quizás ha llegado el momento de abordarlo: la capacidad de discernir y cómo ésta se vincula a la honestidad y nos acerca a la felicidad. Aprovecho para a gradecer a todos los participantes de esa sesión su franqueza y generosidad a la hora de compartir sus experiencias e inquietudes vitales. ¡Gracias a todos y todas!

Discernir nos permite percibir las sutilezas de nuestra naturaleza  humana y diferenciar la verdad de la falsedad. El discernimiento es la capacidad de contrastar dos alternativas, valorar cada una de ellas y optar por la verdadera. Discernimos con nuestra mente y honestamente elegimos aquella opción que nos acercará a la felicidad. El fracaso de muchas relaciones proviene de un mal discernimiento. Sobre todo cuando juzgamos a los demás y provocamos enfrentamientos o distanciamientos que nos alejan del bienestar. Es lamentable que nuestra falta de autoconocimiento nos conduzca a emitir juicios erróneos sobre los demás en lugar de hacernos responsables de nosotros mismos. Cuando no sabemos discernir creamos situaciones que nos abocan al conflicto y nos alejan de la felicidad.

Discernir nos permite valorar una situación y responsabilizarnos de nuestras acciones. Nos ayuda a no juzgar a los demás por sus conductas y percibirlos más allá de lo que muestran. Discernir implica ser coherentes con nosotros mismos.

Demasiadas veces nos instalamos en nuestra zona de confort y desde ella juzgamos a los demás. Creemos que son los demás lo que deben cambiar para que nuestras interacciones funcionen. Salir de esa zona de confort implica replantearnos nuestro papel en dicha situación. Significa atrevernos a mirar nuestro interior y replantearnos en que medida el juicio que emitimos fuera, no deja de ser una forma de autoengaño. Por ejemplo, cuándo juzgo que mi pareja no se implica en la relación porque no se abre, ¿en qué medida estoy hablando de mi necesidad de control? ¿En qué medida al juzgarlo estoy eludiendo mi propia responsabilidad? ¿Qué significaría en este caso, desarrollar mi capacidad de discernir?

Para ilustrar estos conceptos me gustaría recordaros una vieja historia británica que, probablemente, algunos ya conoceréis:

“Un señor de mediana edad fue a consultar al médico. Su mujer se estaba quedando sorda y no sabía como decírselo sin ofenderla. El médico le aconsejó que primero se asegurara de los problemas auditivos de su mujer y de su intensidad. El hombre estuvo de acuerdo, pero no sabía cómo lograr que visitara a un especialista. El médico le indicó que había una forma muy sencilla de averiguar el grado de su sordera y es éste: “Primero te colocas en otra habitación y la llamas con un volumen de voz normal. Si no te contesta te acercas al umbral de la puerta de la habitación en la que esté. Si tampoco te contesta, te vas acercando, hasta que ella te oiga”. Así lo hizo el hombre. Esa tarde, desde la sala de estar, le preguntó: “Amor, que cenaremos esta noche?” No obtuvo respuesta. Se acercó a la puerta de la cocina y volvió a preguntar: “¿Qué hay para cenar esta noche, cariño?”. Su mujer continuó en silencio. El hombre fue avanzando sucesivamente tras preguntar y obtener la callada por respuesta, hasta que finalmente se colocó detrás de ella y se lo volvió a preguntar. Ella, con cara de aburrimiento se giró y le dijo: ¡Ensalada y pescado al horno! ¡Es la quinta vez que te digo que cenaremos pescado al horno con ensalada!”.

¡Qué paradoja! Supuestamente la esposa está sorda, cuando en realidad es el esposo el que tiene problemas de audición. Sin embargo está seguro de que es ella la que tiene el problema que dificulta la interacción entre ellos. En ningún momento se ha cuestionado que el problema lo pudiera tener él. Cuantas veces podemos comportarnos como este hombre: transferimos un problema de comunicación a la otra persona, cuando verdaderamente, el problema lo tenemos nosotros. En lugar de asumir la responsabilidad del problema de comunicación etiquetamos al otro de sordo. ¿Te ha pasado alguna vez? ¿Si realmente eres honesto, todos los fallos de comunicación se deben a la incompetencia o defectos de la otra persona? ¿Sabes discernir lo que es tu “error” y asumir tu responsabilidad en lugar de enjuiciar al otro?

Con demasiada frecuencia creemos que los conflictos se producen por la incompetencia o deficiencias de la otra persona. ¿Somos honestos con nosotros mismos al juzgar a la otra persona por lo que a nosotros “nos parece” que es y no por lo que realmente “es”? Cuando no somos honestos con nosotros mismos caemos en el autoengaño y enjuiciamos a los demás.

Los juicios nacen de nuestras percepciones sensoriales. Cuando vemos lo que vemos, no vemos más allá. Y en función de lo que vemos generamos un juicio sobre el otro. Bajo el autoengaño a menudo encontramos “apariencias” en las que lo que “parece ser, no es” y en cambio lo que “realmente es, no lo parece” que nos alejan del verdadero autoconocimiento. Cómo si aquello que estamos viendo explicara al ser humano que tenemos delante. Acostumbramos a juzgar las cosas y a los demás según los percibimos con nuestros sentidos. Sin pararnos a reflexionar sobre la esencia de lo que hemos percibido. Es como si observando una fotografía de alguien, nos atreviéramos a definir a esa persona, no por lo que realmente es, sino por lo que estamos viendo en esa “instantánea”.

Hace un momento, sentada en el escritorio de casa, mi marido ha asomado la cabeza por la puerta y me ha preguntado: ¿Escribiendo un artículo? Sí, le he respondido. ¿Y de qué trata esta semana? Del discernimiento. Ángel, se ha quedado unos segundos callado, reflexionando y mirándome a los ojos, me dice: ¿Recuerdas la película El hijo de la novia, cuando el cura habla del discernimiento? Su mirada estaba cargada de complicidad, ya que es una película que a los dos nos emociona profundamente y nos gusta compartir.

En este film, protagonizado por Ricardo Darín y Héctor Alteiro y dirigido por Juan José Campanella, hay una escena muy interesante sobre el discernimiento, en la que el cura le dice al hijo de la novia, Rafael, que no podrá casar a sus padres ya que la Suprema Corte del Derecho Canónico ha juzgado a su madre de falta de discernimiento, por su actual alzheimer. Si me permitís, compartiré algunos fragmentos de este interesante diálogo:

[…]
Cura: Rafael, el matrimonio, además de ser un sagrado sacramento, es un contrato y como todo contrato tiene tres condiciones. Discernimiento, intención no espúrea y libertad. Y bueno, lamentablemente su madre no tiene discernimiento.
[…]
Rafael: Escúcheme, lo tendría que ver a mi papá, parece que tuviera 20 años de nuevo.
Cura: Bueno, si quiere puedo hablar con él.
Rafael: Pero ¿qué le va a decir? ¿Qué le va a hablar de discernimiento a un hombre que sigue enamorado después de 44 años? Honestamente, padre, ¿usted cree que las siete parejas que se vienen acá a casar por sábado tienen discernimiento?    No le da ganas a veces de decirles: “No chicos, tu pareja no es lo maravillosa que vos crees que es. Este tiene una cara de chante infernal, ella no va a ser tan comprensiva dentro de tres años”. ¿Por qué no me pidieron discernimiento a mí, cuando me casé? ¿Sabe la mala sangre que me hubiera ahorrado? No, cuando me casé, completamente víctima del amor, algo con lo que ustedes trafican hace más de dos mil años, me recibieron con los brazos abiertos. Diez años después, ya totalmente en mis cabales y con un discernimiento espantoso me quiero separar y me dicen: “no, ahora no se  puede”. ¡Por favor, padre! ¿Ahora resulta que para ser católico hay que razonar?. Mi mamá no razonaba cuando la bautizaron, pero en ese momento no importó, había que aumentar la clientela ¿no? El primero te lo regalan, el segundo te lo venden y después se borran.
[…]
Rafael: Mi papá no quiere un trámite, padre. No se da cuenta. Mi papá sólo quiere cumplir el sueño de mi mamá que era casarse por la Iglesia. ¿Cómo no se da cuenta, padre? Es un acto de amor del que yo no soy capaz. Mire que flor de slogan se están perdiendo: “44 años de amor”. Lo tendrían que poner en un póster, en vez de darle la espalda…

Distinguir el discernimiento de la capacidad de discernir, no es fácil. El discernimiento se refiere a una condición propia de la naturaleza humana: la aptitud para razonar. En tanto que la capacidad, que implica idoneidad para pasar a la acción es un concepto abstracto que requiere en cada caso específico y concreto, la flexibilidad y el complemento que le ofrece el concepto de discernimiento. En nuestro ejemplo anterior, la ley canónica juzgaba a la madre del novio desde su incapacidad actual de discernir en lugar de comprenderla a ella-entera y lo que fue el sueño de su vida: casarse por la iglesia con el hombre que amó toda su vida En lugar de ver más allá de lo obvio, se ciñeron a su capacidad actual. No captaron su esencia.

A menudo tomamos decisiones sin pleno discernimiento, de manera inconsciente, guiados por nuestros sentidos y emociones. Desde esta falta de discernimiento, una y otra vez, nos enfrentamos a situaciones conflictivas, a la desmotivación o al autoengaño. Cuando preguntamos por la pareja, el trabajo, la vida de alguien, y esta persona nos responde “sobreviviendo” ¿Qué te llega a ti? A mi me llaga algo parecido a “discrepancia”, quizá con su manera de vivir o con ella misma. El discernimiento no es discrepancia, es todo lo contrario, armonía. Es la armonía que encontramos en nuestras vidas y con nosotros mismos cuando en lugar de sobrevivir nos atrevemos a vivir, sin autoengaños, sin juzgarnos por lo que “aparentamos”. Es la armonía que generamos en el encuentro con el otro, no por lo que aparenta sino por lo que realmente es.

Cómo les decía a los alumnos de master, ayer tarde: “lo que necesitamos es una mirada compasiva. No la que nace de la pena, sino la que nace del amor”. La mirada que va más allá de lo obvio y nos permite ver nuestra verdadera esencia y la verdadera esencia de los demás. La mirada compasiva es la que dice: “A pesar de los defectos que muestras, de los errores que haces, a mi no me engañas, sé quien eres realmente y conozco el enorme potencial que se oculta bajo ese disfraz”. Discernir significa razonar, con conocimiento de causa, sin dejarnos influir por falsas apariencias. Podemos quitar el disfraz a los engaños y/o autoengaños y así, actuar desde la confianza para llegar a ser, día a día, un poco más sabios.

Quizá forma pare de la naturaleza humana juzgarnos y juzgar a los demás, más juzgar sin discernir nunca nos llevará a nuestro verdadero hogar. Cada uno de nosotros podemos y somos responsables de averiguar lo que se esconde detrás de una conducta, de una apariencia, de una equivocación. La introspección será un recurso inestimable para poder discernir honestamente quienes somos, cómo nos relacionamos y hacia donde encaminamos nuestras vidas.

¿Cómo evaluarias, actualmente, tu capacidad para discernir?

Hermínia Gomà
10 febrero 2013
Barcelona

Si queréis leer el diálogo integro de la escena de la película El hijo de la novia, podéis acceder desde este link: www.lahuelladigital.com/epocas/numero4/culturajoven3.htm