Dialogar, el arte de construir puentes

Post escrito por Hermínia Gomà en octubre 7, 2013
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Dialogar, el arte de construir puentes

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Dos hermanos, cuyas tierras colindaban, un día tuvieron una grave discusión. Desde entonces llevaban meses sin hablarse.  De repente dejaron de colaborar, después de una vida de intercambio y ayuda mutua.
Una mañana alguien llamó a la puerta de Juan, el hermano mayor. Al abrir la puerta, encontró a un carpintero.
– Estoy buscando trabajo por unos días – dijo el extraño.
Juan respondió:
– Sí, tengo un trabajo para usted. Mire aquella granja al otro lado del arroyo. Ahí vive mi hermano menor, que es mi vecino y hace meses que no nos hablamos. Quiero que construya una cerca de dos metros de alto con aquellas maderas que encontrará en la orilla del rio. No quiero verle nunca más.
El carpintero le dijo:
 Creo que comprendo la situación. Muéstreme donde están la sierra, los clavos y la pala. Le entregaré un trabajo que lo dejará satisfecho.
El hermano mayor dejó la granja por el resto del día para ir al pueblo. El carpintero trabajó todo el día midiendo, cortando y clavando. Al anochecer, cuando el granjero regresó, el carpintero  había finalizado su trabajo.
El granjero quedó con la boca abierta. ¡No había ninguna cerca! El carpintero había construido un puente. Un puente que unía las dos granjas traspasando el arroyo.
En ese momento su hermano menor vino desde su granja, cruzó el puente y abrazó a su hermano diciendole:
– ¡Eres una gran persona! Gracias por construir este hermoso puente después de lo que pasó. ¡Te añoraba muchísimo!
Los dos hermanos se reconciliaron e invitaron al carpintero a celebrar su reencuentro.
– Me gustaría quedarme, – dijo el carpintero – pero son muchos los puentes por construir.
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Fuente: Internet autor desconocido, versión adaptada

Piensa en algún conflicto que tengas actualmente con alguien. Fíjate dónde estás poniendo tu energía. ¿Estás buscando la manera de construir un puente o estás levantando muros?

En el origen de todo diálogo está la relación interpersonal de los seres humanos entre sí. Cómo dice el poeta alemán Friedrich Hölderlin: “Desde un diálogo somos y oír el uno del otro podemos”. Todo diálogo implica una interacción, una escucha en términos de igualdad. A través del diálogo podemos escuchar las experiencias, conocimientos, sentimientos el uno del otro. A través del verdadero diálogo podemos expresarnos libremente, opinar, discrepar o apoyar los puntos de vista del otro, sin la intención de imponer o manipular. Un diálogo es un proceso de construcción y comprensión entre personas que buscan una auténtica reciprocidad.

Para que exista el diálogo un factor esencial es el respeto por las diferencias. Si reconocemos y aceptamos que somos diferentes podremos abrirnos al diálogo. Cuando nos abrimos a esta posibilidad permitimos que los demás se expresen libremente. Por favor, para un momento y analiza:

  • ¿Qué te impide poder dialogar con ciertas personas?
  • ¿En qué situaciones no te permites escuchar abiertamente?
  • ¿Cómo te sientes cuando el otro se impone o te manipula?
  • ¿Eres consciente de que quizá tú también lo hagas con algunas personas?

En su libro, Ser persona, el arte de ser plenamente humano (1986), Leo Buscaglia, nos dice que tenemos derecho a sentir lo que sentimos, aunque estos sentimientos sean desaprobados por los demás, tenemos el derecho a compartir nuestros sentimientos sin tener que justificarlos. Cuando podemos ejercer este derecho mutuamente, estamos dialogando, estamos creando una realidad que antes no existía, un nosotros que nos abre las puertas a la cooperación, un puente que nos lleva al encuentro y la colaboración.

L.A. Ríos Perea en su artículo La comunicación auténtica nos dice: “La diferencia exige oír las palabras y los silencios del otro. El arte de saber escuchar equivale al arte de amar. En este sentido hay que demostrar entusiasmo ingenuo y apasionamiento espontáneo por lo distinto, por la diferencia. Las relaciones de tolerancia y respeto mutuo llevan de la ética del deber a la ética del amor.”

¿Podemos dialogar con el otro cuando creemos que estamos en posesión de la verdad? En este sentido es interesante el aporte que hace Estanislao Zuleta en su libro, “El elogio de la dificultad”: “No se puede respetar el pensamiento del otro, tomarlo seriamente en consideración (…), cuando se habla desde la verdad misma, cuando creemos que la verdad habla por nuestra boca; porque entonces el pensamiento del otro sólo puede ser error o mala fe; y el hecho mismo de su diferencia con nuestra verdad es prueba contundente de su falsedad, sin que se requiera ninguna otra.”

¿Cuántas veces hemos acusado al otro de falsedad o de mala fe, por no coincidir con nosotros?

Reconocer a otro en su diferencia facilita la coexistencia y la reciprocidad. Cómo dijo el filósofo Kart Jáspers: «El hombre sólo llega a su propio ser por conducto del otro, jamás por el solo saber. Llegamos a ser nosotros mismos sólo en la medida en que el otro llega a ser él mismo, a ser libres sólo en la medida en que el otro llega serlo. De ahí que la intercomunicación humana sea el problema central de nuestra vida.”

El diálogo teleológico se fundamenta en que el otro es un interlocutor válido, único y especial que actúa, siente y piensa de manera diferente. El profesional reconoce al otro como una persona válida, que merece respeto, es decir, se toma en serio al otro, lo que siente, piensa y dice es valioso.

En un proceso teleológico la escucha al otro es un reconocimiento a su forma de estar en el mundo, es una afirmación a partir de su valoración y afecta positivamente a su autoestima. El cliente se afirma al poder expresarse libremente y ser reconocido como persona por el profesional con el que está dialogando. Para ello, es fundamental que el profesional sepa dialogar consigo mismo, ya que si no podemos escucharnos a nosotros mismos, no podremos escuchar al otro. Yo soy diferente, el otro es diferente. Si valoramos nuestra manera de pensar, hacer y sentir ¿Podemos aprender a valorar las maneras diferentes del otro? ¿Podemos apreciarlo como una oportunidad? ¿Qué nos da miedo?

Desde un diálogo teleológico no se pretende cambiar al otro, por el contrario lo que se genera es un espacio para que el cliente pueda escucharse a sí mismo y desde allí realizar los cambios que necesite. El proceso teleológico parte de la base de que todas las personas somos distintas y tenemos derecho a serlo. Reconocer este derecho está en la base de la ética humana. El respeto por la diferencia implica respetar la libertad de cada uno, todo su ser como una totalidad.

Desde este respeto y aceptación no pretendemos cambiar al otro, ni que sea como nosotros. El otro es diferente, pero no por ello mi enemigo. En este sentido, Martin Buber, en su libro Yo y Tú (1984) explica que, con demasiada frecuencia, nos relacionamos con los demás como objetos no como personas. Un objeto es “eso”, una persona es “tú”. Si trato a alguien como un “eso”, como un objeto para mis propósitos, yo también me transformo en un “eso”, cosifico al otro y me cosifico a mí mismo. A veces reducimos al otro al estatus de “objeto” para poder controlarlo, porque nos da miedo lo que desconocemos. Cómo dice Stephen R. Covey en su libro La 3ª Alternativa, al hablar de este tema: “las empresas se refieren a sus empleados como “recursos humanos”, como si no fueran más que otro pasivo en el balance, como los impuestos o las facturas (…) El coste de ver a las personas como objetos es muy elevado. Ningún balance puede reflejar la asombrosa magnitud del potencial que ocultan las personas y sus capacidades.”

 

Karl Rogers, en su libro, (1995) El camino del Ser, describe de una manera maravillosa el respeto profundo hacia el otro a través de un ejemplo muy elocuente: “Una de las emociones más satisfactorias que conozco (…) procede de valorar a las personas del mismo modo que puedo valorar un atardecer (…) cuando contemplo un atardecer, como hice el otro día, no le digo, atenúa un poco ese naranja de la esquina derecha, pon un poco de morado por debajo y da un poco más de rosa a las nubes. No hago nada semejante. No intento controlar el atardecer. Contemplo su despliegue con pura admiración.”

¿Eres capaz de ver al otro como un atardecer? ¿Qué necesitas?

Cuando practicamos el paradigma “Veo al otro y lo acepto tal como es” conectamos con la empatía, podemos construir puentes y no alzar muros. Piensa en una o dos personas (un familiar, un amigo, un compañero de trabajo, un cliente) que necesite “ser visto”. ¿Tienen motivos estas personas para pensar que te defraudan, que las desprecias, que el respeto que les demuestras no es auténtico?

Desde este blog os animo a practicar este paradigma esencial para el liderazgo:
Construye puentes para ver al otro, no levantes muros para negarlo.

  • ¿Por quién eres realmente visto (reconocido)?
  • ¿Cómo te hace sentir?
  • ¿Qué te falta reconocer en ti mismo para poder reconocer al otro?

Hermínia Gomà
7 octubre 2013
Barcelona

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